Por Michael McCarty – director ejecutivo, Amicorp EE. UU.
Durante décadas, las familias con un elevado patrimonio se han centrado en acumular riqueza a nivel internacional a través de inmuebles, empresas privadas e inversiones globales. Ese paradigma ha cambiado. En 2026, la evolución de los regímenes fiscales y los marcos normativos está redefiniendo la forma en que se gestiona, grava y transfiere el patrimonio.
Mercados como el de Nigeria están liderando este cambio. Los ingresos procedentes del extranjero están cada vez más sujetos a impuestos, los gastos de sucesión en las transmisiones inmobiliarias pueden alcanzar hasta el 30 %, y los fideicomisos revocables están perdiendo su valor protector. Al mismo tiempo, la titularidad de los activos se está volviendo más transparente y, por lo tanto, más vulnerable.
La conclusión es clara: las estructuras que antes funcionaban son ahora un riesgo potencial.
El verdadero riesgo: control sin protección
Entre muchas familias adineradas persiste la idea errónea de que el control equivale a protección. Sin embargo, a menudo ocurre justo lo contrario.
Las estructuras tradicionales, en particular los fideicomisos revocables, exponen los activos a los acreedores, a los litigios y a los procesos sucesorios públicos. Y lo que es más importante, el control retenido suele generar riesgos fiscales. Si las autoridades determinan que una persona mantiene el control sobre los activos, estos pueden volver a incluirse en su patrimonio sujeto a impuestos.
Ahí es donde fallan las estructuras tradicionales. Se centran en la comodidad, no en la resiliencia.
De la propiedad a la arquitectura
El cambio que se está produciendo no consiste en ocultar activos, sino en redefinir la titularidad dentro de marcos jurídicos que cumplen con la normativa. Cada vez más, las familias recurren a estructuras de fideicomisos extranjeros sin fideicomitente, especialmente en jurisdicciones como Dakota del Sur.
Estas estructuras permiten alcanzar tres objetivos estratégicos
- Permiten retirar activos del patrimonio personal, lo que reduce la exposición a los impuestos sobre sucesiones, los trámites sucesorios y las reclamaciones de los acreedores.
- Preservan los beneficios sin ejercer un control directo, lo que permite a las familias acceder a ingresos y distribuciones sin generar obligaciones fiscales.
- Crean entidades jurídicas independientes que permiten una gestión eficiente de los activos a nivel transfronterizo y la continuidad a largo plazo.
Entre las principales ventajas se incluyen
- No existe la norma contra la perpetuidad, lo que permite la planificación dinástica
- No hay registro público, lo que garantiza la privacidad de forma predeterminada
- Normativa sólida en materia de protección de activos
- No se aplican impuestos estadounidenses a los fideicomisos extranjeros que cumplan los requisitos
- Flexibilidad para anular las normas de legítima
Esta combinación da lugar a una estructura que cumple con la normativa y, al mismo tiempo, ofrece una gran protección.
El modelo híbrido: una de las estrategias más eficaces que están surgiendo en la actualidad es un enfoque de doble estructura
Un fideicomiso local gestiona los activos nacionales y garantiza la continuidad operativa, mientras que un fideicomiso irrevocable de Dakota del Sur administra los activos internacionales y actúa como beneficiario final. Esto permite a las familias cumplir con la normativa local al tiempo que protegen estratégicamente su patrimonio internacional.
Más allá de la protección: gobernanza y continuidad
El verdadero valor de estas estructuras permite una gobernanza más sólida.
A través de los fideicomisarios y asesores, las familias pueden establecer un proceso de toma de decisiones estructurado, controlar las distribuciones y proteger los activos frente a riesgos relacionados con los beneficiarios, como el divorcio o la mala gestión. Con el tiempo, el fideicomiso se convierte en un marco de gobernanza que respalda la educación, la filantropía y la reinversión a largo plazo.
Conclusión
Hoy en día, el patrimonio no corre peligro principalmente por malas decisiones de inversión, sino por estructuras obsoletas.
Las familias que actúan de forma proactiva pueden reducir su exposición a regímenes fiscales agresivos, proteger sus activos y garantizar la continuidad generacional. Las que se demoren se verán cada vez más obligadas a reaccionar ante obligaciones fiscales, reclamaciones legales y ventas forzadas de activos.
El debate ha cambiado. Ya no se trata de cuánta riqueza se tiene, sino de cómo está estructurada. Y en el contexto actual, la estructuración es una cuestión estratégica.
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